viernes, 30 de enero de 2009

La música, el lenguaje y las matemáticas

Decía Heidegger que para él no había música superior al tañido de las campanas en la hora del Ángelus. Y Ferlosio describía una música que arrebataba a los funcionarios árabes de Al-Andalus: el sonido de las túnicas de damasco arrastrándose por los suelos de mármol de la Alhambra.





Las teorías sobre el origen de la música son innumerables; no hay acuerdo. Que es una imitación del grito de los animales , que tiene una función biológica similar al chirrido de las cigarra, que facilita los rituales del celo , que es resultado y memoria del cuidado materno,,,

La teoría que más éxito tiene y ha tenido es la que desde Rousseau supone anterior el canto al habla. Primero empezamos a entendernos con gritos y aullidos (de horror, de deseo, de hambre, de amenaza, de aviso, de placer) y poco a poco fuimos articulando las emisiones hasta convertirlas en magníficas catedrales sintácticas.

No obstante, parece evidente que la música cantada imita al habla. Hay compositores, que han construido todo su arte vocal sobre las peculiaridades de un idioma. Y lo que nos ha llegado de la música arcaica no hace sino imitar las bases rítmicas de los hablantes. Los modos griegos, por ejemplo, o la respiración de los neumas gregorianos. Incluso el ese sonido como de maullido de algunas músicas chinas es similar a la entonación hablada, como comprobamos cada vez que vemos una película con banda original.

La matemática. El compositor Tomás Marco señalaba la fascinación de compositores separados por siglos por la complicidad matemática-música. Y si en 1436 se inaugura Santa María dei Fiori en Florencia con la interpretación de un motete que respondería a las mismas proporciones que la cúpula de la basílica... en la exposición internacional de Bruselas el pabellón Philips (encargado a Le Corbusier pero al parecer obra más bien de Xenakis) respondía al mismo plano que la obra musical de Iannis Xenakis. Erwing Schrödinger sugiere incluso que el descubrimiento pitagórico de que el soporte acústico-ondulatorio de la música encubre determinaciones numéricas, es la base de la confianza en la capacidad de la matemática para dar cuenta de la naturaleza por entero.

¿Cómo sonaba la música en el pasado? Reconstruir una sonoridad instrumental es una cosa y otra muy distinta reconstruir una audición del pasado. Podemos reconstruir una lengua muerta, pero nunca sabremos con qué acento se hablaba.

El pianista y teórico musical estadonunidense Charles Rosen comentaba las transformaciones que el disco ha introducido en el estilo de los intérpretes. La tesis era que la presencia de miles de grabaciones había provocado una severa reacción defensiva en los artistas, los cuales estaban cada vez más pegados a la letra de la partitura y huían con pavor de la libertad interpretativa. Según el ensayista, el mérito del artista actual reposaría, en mucha mayor medida que antaño, en la precisión técnica.

Rosen comentaba las libertades que se tomaban los grandes pianistas de hace cien años, frente a la sequedad y el rigorismo técnico de los actuales.

Un texto del poeta Heine, relacionado y mucho con los músicos de la época, escrito hacia 1840, cuando los “concerti per pianoforte” se impusieron como el gran espectáculo de la burguesía refinada, abunda en lo señalado Los virtuosos se convirtieron en las estrellas mejor pagadas y más admiradas del momento. Para Heine, aquello era abaratar la música.

Este delirio universal de aporrear el piano, y sobre todo las gloriosas giras de los virtuosos del teclado, son algo típico de nuestra época y demuestran el triunfo de las artes mecánicas sobre el espíritu. La perfección mecánica, la precisión del autómata, la identificación del músico con la madera y las cuerdas tensadas, la transformación del hombre en un instrumento sonoro, eso es lo que ahora se exalta y alaba como la cima del arte” -

martes, 27 de enero de 2009

Casanova en nuestra tierra (II)

Como ya sabemos, su periplo arranca en los Pirineos. Recordamos que es expulsado de Francia y, tras cruzar en un coche de caballos por las bien acondicionadas pistas navarras se enfrenta a la más cruda realidad hispana de la época, en la localidad soriana de Ágreda –la de entonces, la de hoy es muy diferente-, de la que dice: “Es un prodigio de fealdad y tristeza. Es un lugar donde el hombre que no tenga un oficio debe volverse loco, atrabiliario, visionario”. Y la parodia antirreligiosa –primera de otras por venir- hace en esta localidad este veneciano al señalar la figura de sor María Ágreda, que allí fue donde “se volvió tan loca que llegó a escribir la vida de la Virgen dictada por Ella”; “los ensueños de esta visionaria estuvieron a punto de hacerme perder el juicio”, agrega.

La experiencia de Casanova en España apenas alcanza unos pocos meses. Suficientes, en todo caso, para hacerse una idea global de nuestro país, de sus dirigentes, de sus necesidades, de su pobreza e incultura general.

Y parece haberse enterado bien, a la luz de los estudios sobre la España del XVIII. Del rey Carlos III dice que es “débil, pesado, terco, fiel en exceso a la religión y muy decidido a morir cien veces antes que manchar su alma con el más pequeño de los pecados mortales”. Expresa su preocupación por la debilidad de un hombre que está poco menos que en manos de su confesor.

De la Inquisición española apunta que su “obra maestra consistía en tener a los cristianos en la ignorancia, en mantener los abusos, la superstición y las mentiras piadosas”.

Precisamente, una noche en una posada, llegando a Madrid, observa con el interés de quien no entiende lo que ve que en la puerta de su aposento el cerrojo está por fuera y no por dentro, como sería natural. Le pregunta a su cochero y éste le habla de la Inquisición y de su derecho de acceder libremente a los alojamientos públicos . “¿De qué puede ser tan curiosa vuestra maldita Santa Inquisición?”, le pregunta Casanova, a lo que aquél contesta: “De todo. De ver si coméis carne un día de vigilia. De ver si en el cuarto hay varias personas de los dos sexos, si las mujeres se acuestan solas o con los hombres, y para saber si las que están acostadas con los hombres son sus mujeres legítimas, y para poder encarcelarlos si los certificados de matrimonio no testifican a su favor. La Santa Inquisición, señor don Giacomo vela continuamente en nuestro país por nuestra salvación eterna”.



Como se aprecia, retrato acertado por la condición objetiva de quien lo cuenta, el extranjero Casanova, de una España de hace 250 años, pocos antes de estallar la Revolución Francesa, que hubiera protagonizado –ironiza- una “revolución” por cosas tan nimias como los pantalones sin portañuela, una tira de tela con que se tapaba la bragueta, cuya ausencia podía conducir a la cárcel, y que era el principal objeto de debate público en el momento en que el veneciano acaba de llegar a España. Desde luego, una preocupación muy alejada de los conceptos Libertad, Igualdad y Fraternidad por los que el país vecino sí se echó a la calle . Una España donde el rapé está prohibido y que le es confiscado a Casanova en la aduana que es, entonces, la Puerta de Alcalá.

Y una curiosidad. En Madrid hace mucho frío –él llega a España en invierno de 1767- y le recomiendan acudir a la Puerta del Sol: “No era una puerta”, relata, “pero se llamaba así porque allí era donde el astro bienhechor, pródigo de sus riquezas, distribuía el calor de sus rayos entre todos los que iban a pasearse por aquel sitio para calentarse”.

En cuanto al Casanova seductor, alusiones a la fealdad de los hombres españoles, pero no en las mujeres, “muy bonitas, que arden en deseos y todas están dispuestas a tender la mano a los manejos que tratan de engañar a cuantos las rodean para espiar sus maquinaciones”.

sábado, 24 de enero de 2009

Casanova en nuestra tierra

Giacomo Casanova llega a España desde San Juan de Luz. Tiene 42 años y acaba de ser expulsado de Francia por el rey Luis XV mediante una carta de destierro sin juicio alguno, un método por el que se expulsaba a personas indeseables, generalmente a petición de familias ofendidas.

En la parte de su obra, Memorias o Historia de mi vida, así se titula, dedicada a España aparecen dos mujeres que van a gobernar el corazón del autor durante su estancia en estas tierras; Nina Bergonzi, en Valencia, y doña Ignacia, en Madrid.


Al contrario de lo que pudiera pensarse Casanova no es un mujeriego despreciativo al estilo tenorio, sino un verdadero amante, es decir, alguien que siente en sus venas la pasión del amor. El amor le obnubila y le hace cometer lo que para el resto del mundo no son más que desmanes, pero que para un hombre apasionado como él constituyen actos consecuentes con su naturaleza.Todo por amor, hasta la vida. Ésa es su consigna; Casanova no se aprovecha de las mujeres a las que ama, al contrario, se vuelca en ellas, las seduce, las adora, las respeta y cuando la llama de la pasión ha concluido sigue vinculado a ellas por una indestructible amistad. Casanova triunfa en un mundo de moralidad pacata, llena de prejuicios, analfabeta y pazguata a más no poder. El viaje de Casanova por la vida lo es a fondo, sin remilgos. Para él la mayor evidencia de estar vivo es amar.


Giovanni Giacomo Casanova

Casanova conoce a doña Ignacia el día de San Antón oyendo misa en una iglesia de la calle de Fuencarral. Acababa de llegar a Madrid donde había visto bailar del fandango, un baile que inflamaba el alma, y quería bailarlo sin tardanza. Los movimientos del hombre expresaban, según decían, el amor consumado, los de la mujer, el arrebato y el éxtasis del placer. Aunque prohibido por la Inquisición, en ocasiones especiales y previo permiso del conde de Aranda, solía bailarse en el teatro. Buscaba Casanova pareja de baile y fue a encontrarla aquella mañana en la iglesia de la Soledad. Al verla apartarse del confesonario, guapa, mirando al suelo, de inmediato quedó encaprichado. Casanova reconoce que no tenía aspecto ni de rica, ni de noble, ni de buscona, pero supuso que debía bailar el fandango como un ángel, que era lo que a él le interesaba. La anunciada lascivia del fandango le había trastornado por completo. En su opinión ninguna mujer podía negar nada a un hombre con el que hubiera bailado el fandango, y él quería estrenarse en el teatro de los Caños del Peral.


Casanova aguardó a que terminara la misa y siguió a la joven hasta su casa en la calle del Desengaño. era hija de un zapatero de esa calle.Tras identificar el lugar en que vivía esperó en la calle media hora y llamó a la puerta. ¿Quién es? Gente de paz, responde. Casanova explica al padre de la muchacha que es extranjero y que desea llevar a su hija de pareja para el baile del día siguiente en el teatro de los Caños del Peral. Todos se quedan anonadados. El padre le pregunta a la muchacha que si ha visto alguna vez a ese hombre y ella niega con la cabeza, pero no sin fascinarse con la hermosura de aquel galán, alto y apuesto como pocos en Madrid. Casanova asegura que sus intenciones son honestas y promete devolver a la muchacha sana y salva una vez acabado el baile. Deja a continuación una tarjeta con su dirección y dice que esperará allí respuesta. No tardan demasiado en enviarle la aquiescencia a condición de que la madre de la chica les acompañe. Bailan pues, se inflaman las pasiones y a partir de ahí surge un idilio turbulento en el que la muchacha sucumbe pese a su rígida moral. Maravilla leer en las palabras de Casanova la inocencia de las contradicciones de aquella mujer, deseosa por un lado de entregarse en cuerpo y alma y remisa por otro debido a su rigidez de conducta y a los dictados de la religión. El ultimátum de Casanova es prodigioso: "No he venido a vuestra casa ni para atormentaos ni para ser un mártir. Sabed que no quiero que nos condenemos por simples deseos". Doña Ignacia mantiene su ardor con avances y retrocesos muy parecidos a los del fandango, y sólo cede a sus embates definitivos el martes de carnaval, fecha en la que es de buen tono pecar, pues el arrepentimiento está cerca y el conde de Aranda, el liberal ministro de Carlos III, ha autorizado el fandango a discreción.


Llegado el miércoles de ceniza, Casanova se despedirá de doña Ignacia y proseguirá sus rutinarias intrigas en la corte. Denunciado por un criado infiel por posesión de armas, el veneciano sufrirá penitencia cuaresmal en las prisiones de la villa, que abandonará días más tarde, solitario y cubierto de deudas.


Casanova prosigue su viaje por España y llega hasta Valencia y conoce a Nina, la amante del capitán general de Barcelona, el conde de Ricla. Le sorprende la belleza de aquella mujer a quien no tarda ni un segundo en saludar: Nina es una ninfómana voluptuosa que se encapricha de Casanova y le invita a frecuentar su casa. Está desterrada en Valencia a causa de las presiones del obispo de Barcelona, a quien le escandaliza su relación con el capitán general. Casanova queda prendado del desparpajo de su nueva amante, de su belleza, de su impudicia, de su fogosidad. Tras unos cuantos días de amores viaja con ella a Barcelona donde la sigue frecuentando pese a las advertencias del conde de Ricla, hombre poderoso, primo del conde de Aranda y futuro ministro de la guerra.


Y pasó lo que tenía que pasar, que seguramente por mor de todo eso tuvo un encarcelamiento barcelonés. En la Historia de mi vida el lugar de encierro permanece confuso. Casanova cita con exactitud la posada en la que se alojó, la fonda Santa María, en el actual barrio de la Ribera, el palacio de la Capitanía General o el teatro Principal. En el momento de su detención, en cambio, las descripciones se difuminan. Al principio, durante poco tiempo, es recluido en lo que llama "la ciudadela" y después, a lo largo de 40 días, en una torre perteneciente a una "construcción militar". Esta última cita es la que seguramente ha dado pie a la posibilidad de que se tratara de Montjuïc.


El motivo de la detención de Giacomo Casanova en Barcelona queda semioculto en una niebla que domina las enteras memorias del gran hedonista. Aunque lo adivinamos. A Casanova le gusta envolverse de un halo de secreto. El lector no sabe muy bien si el héroe de la historia -el autor mismo- va a parar a la lóbrega cárcel por ser espía, por ser simplemente sospechoso en cuanto a extranjero, por un error burocrático cometido en Madrid o por ser el amante de la oscura actriz Nina, que, a su vez, era la amante del referido capitán general, al que sarcásticamente los barceloneses y Casanova mismo llaman "el virrey". El autor da a entender que es un cúmulo de circunstancias lo que determina su destino.


Por lo demás, los comentarios de Casanova son siempre jugosos y en las situaciones más adversas sale a relucir su capacidad para la ironía y el placer. Aun limitado de movimientos, se las ingenia para comer y beber bien, para cortejar a las mujeres que en su opinión el puritanismo hace más propensas y para escribir un libro, Refutación de la historia del gobierno de Venecia... El mejor momento literario corresponde a la súbita aparición, como vigilante en la torre, de un italiano llamado Tadini, un curandero al que Casanova había conocido en Varsovia haciéndose pasar por un oculista inventor de una técnica infalible para la curación de las cataratas. El pobre Tadini, tras recorrer media Europa, se había enrolado en el ejército español y, de oculista, había pasado a ser carcelero de su viejo conocido veneciano. En la Historia de mi vida abundan los reencuentros de este tipo, de manera que el azar acaba transformándose en la araña que teje la tela de una existencia.


Antes de llegar a Barcelona, desde la que retornará a Francia, Giacomo Casanova da unas certeras pinceladas del carácter español de la época. Acostumbrado al cosmopolitismo de Venecia o París, las ciudades españolas, con Madrid a la cabeza, le parecen extremadamente provincianas. Queda asombrado por el poder cotidiano de la religión a pesar de que ya se han producido hechos como la expulsión de los jesuitas, y tiene páginas sobre el laberinto burocrático que rodea a los españoles. En opinión de Casanova la causa del retraso de España no es otro que la opacidad, la desidia y una innata tendencia a la crueldad.


Excelente, a este respecto, la rememoración de una corrida de toros en Madrid. Casanova rinde homenaje a la valentía de los toreros, casi indefensos frente a la furia de los toros, pero se horroriza ante la impasibilidad de los espectadores cuando los caballos, inevitablemente heridos de muerte, van perdiendo los sanguinolentos intestinos en su lenta agonía por la arena.

jueves, 22 de enero de 2009

¡Ay que me lo comoooo!

Los simios antropomorfos africanos (australopitecinos), el hombre de Pekín (Homo erectus), el del Neandertal y el del Cromañón fueron considerados por quienes los descubrieron como aficionados a la carne de sus prójimos. Se ha discutido durante años si nuestros antepasados se comían unos a otros o si la interpretación habitual arroja más luz sobre la mente de los antropólogos que sobre el canibalismo prehistórico.

Robert Broom y Raymond Dart, los paleontólogos surafricanos descubridores de muchos fósiles de australopitecos, pensaban que los huesos magullados y los cráneos perforados demostraban que descendemos de un simio predador que no se detenía ante los miembros de su propia especie.


Saturno devorando a uno de sus hijos, Goya, pinturas negras.


Algunos años más tarde, el profesor Franz Weidenreich colaboró en la excavación de los restos del Homo erectus (el hombre de Pekín) en una cueva en China y observó que muchos cráneos estaban magullados por la base. Concluyó que aquella gente se comía el cerebro de sus compañeros; pero, luego, cambió de idea. En diversos momentos, otros expertos han pintado con el mismo color negro tanto al hombre del Neandertal como al primitivo Homo sapiens.

Los rasguños que se aprecian en los huesos fósiles de homínidos pueden tener otras causas distintas de las del llamado canibalismo gourmet; los huesos podrían haber sido roídos y raspados por hienas u otros animales carroñeros. El Homo erectus fue quizá la presa y no el verdugo. En el yacimiento del hombre de Pekín sólo se encontraron cráneos, lo cual podría significar que las cabezas fueron transportadas a la gruta para la celebración de algún rito. (Muchos pueblos tribales contemporáneos utilizan los cráneos de los parientes muertos en el culto a los antepasados.)

Empero algunos relatos históricos del año 3000 a.C. indican que como consecuencia de una larga sequía, se produjo ya en el antiguo Egipto una falta de comida tan grave que llevó a los pobladores a recurrir al canibalismo para sobrevivir. Por otra parte, en Europa, una de las evidencias más antiguas de su práctica es de hace 800.000 años, se llegó a esa conclusión después de analizar unos restos humanos hallados en la cueva de la Gran Dolina, en España. Esta era una cavidad rellenada por sedimentos, cuyo vestíbulo fue utilizado por los homínidos como refugio para protegerse del frío y de los predadores. En la cueva se encontraron los restos óseos de seis homínidos: dos niños, dos adolescentes y dos adultos jóvenes, que aparecen troceados con marcas de descamado y golpes producidos con utensilios de piedra.

Etimológicamente el término caníbal fue utilizado por primera vez por Cristóbal Colón cuando entró en contacto con una tribu caribeña, la caríbal, que recurría a la antropofagia. Hoy se sabe que, a lo largo de la historia, esta práctica se ha llevado a cabo en diferentes partes del mundo, como Asia, África, Mesoamérica o la Polinesia.

Los antropólogos siguen debatiendo todavía la naturaleza y difusión del canibalismo entre pueblos tribales contemporáneos. El profesor W. Arens provocó un escándalo entre los expertos al hacer una crítica general de la idea en su libro El mito de la antropofagia (1979). Como muchos antropólogos, Arens había dado siempre por supuesto que los exploradores del siglo XIX habían visitado tribus caníbales en Africa, Nueva Guinea y Suramérica. Pero, cuando cribó la masiva bibliografía sobre el tema, no pudo encontrar un relato satisfactorio de primera mano sobre la práctica del canibalismo como costumbre socialmente aprobada en alguna parte del mundo.

Cuando Arens marchó a Africa para recoger información sobre el canibalismo tribal se llevó la sorpresa de su vida. Los aldeanos azanda, objeto de sus estudios, habían decidido que él era un «chupasangres», una especie de vampiro. Aunque llevaba viviendo allí año y medio, el profesor Arens nunca consiguió convencerlos de que no se alimentaba en secreto de sangre humana durante la noche.

Mientras los colonizadores europeos daban pábulo a su miedo a los caníbales africanos, nunca advirtieron que los africanos albergaban las mismas sospechas sobre ellos. Además, los africanos disponían de pruebas. Algunos años antes, durante una guerra, ciertos europeos habían intentado persuadir a los nativos de que donaran sangre para sus soldados heridos. Los campesinos temían todavía ser llamados al hospital, donde se les desangraría. Su recuerdo de las urgentes peticiones de sangre se habían convertido en la convicción de que los europeos necesitaban beber sangre africana para mantenerse vivos.

Al principio, Arens contempló esta creencia con actitud de superioridad, pero más tarde se disgustó consigo mismo por no haber captado la metáfora política subyacente. Los africanos, como es natural, consideraban perfectamente razonable sentir que los europeos les estaban robando la vitalidad y consumiéndoles la sangre que les daba vida.

Arens constató que a lo largo de toda la historia se han lanzado acusaciones de canibalismo con el fin de aunar al grupo acusador como pueblo dotado de eticidad y situar al grupo enemigo al margen de los sentimientos humanos. Los colonialistas europeos justificaron desde principios del siglo XVII el sometimiento de los pueblos tribales basándose en que se trataba de caníbales sin civilizar. Los coreanos pensaban que los chinos eran caníbales y los chinos creían lo mismo de los coreanos. Arens comenzó a sospechar que las acusaciones y creencias en torno al canibalismo están mucho más extendidas que la práctica real de la antropofagia.

Arens concluía que nunca ha habido referencias fidedignas de prácticas extendidas de canibalismo gourmet. Según él, se trataba de un mito de los antropólogos; así pues, desafió a sus colegas a que demostraran lo contrario. Al poco tiempo de la aparición de su libro, varios investigadores de campo se prestaron a presentar sus pruebas.

Pero a partir de ese año 1979, arqueólogos y antropólogos físicos comenzaron a considerar caníbales a los hominidos a los Australopithecus africanus, Homo erectus y Homo neanderthalensis. De acuerdo con algunas interpretaciones, habría existido caníbalismo desde hace 3 millones de años hasta épocas muy recientes

George Morren, de la Universidad de Rutgers, realizó en los últimos años de la década de 1960 trabajos de campo en Nueva Guinea, donde los ancianos de la tribu de los miyanmin que habían participado en actividades caníbales le ofrecieron informaciones detalladas. Morren confrontó datos con varios informantes y estudió las actas de los tribunales de un juicio celebrado en 1959 contra más de treinta miyanmin acusados de asesinar y comerse a 16 personas de una tribu vecina.

Cuando Morren preguntó a los miyanmin sobre el posible significado religioso o simbólico del incidente, ellos insistieron en que no lo había. «No; simplemente buscábamos carne.» Se trata de un relato de canibalismo culturalmente sancionado, de la máxima autenticidad y documentación posibles.

Datos cada vez más abundantes, procedente de escritos y obras de arte recientemente descifradas, muestra que los antiguos mayas y aztecas practicaban sacrificios cruentos y ritos caníbales a gran escala.

Los observadores del comportamiento de los primates han contribuido asimismo a esta polémica. Tras pasar una década observando chimpancés en las selvas del Zaire, Jane Goodall había llegado a la conclusión de que eran vegetarianos amables, pacíficos y sociales Pero entretanto, los ha visto cazar y matar a otros animales para conseguir carne, asesinar deliberadamente crías de chimpancés de grupos vecinos y hasta matar y comerse bebés de su propia comunidad.

En cierta ocasión, dos chimpancés, un equipo formado por madre e hija, iniciaron repentinamente una serie de infanticidios caníbales. Una distraía a alguna madre reciente, mientas la otra se llevaba la cría; luego, ambas la mataban y se la comían. Jane Goodall sintió tristeza y desilusión. Admitió haber pensado que los chimpancés eran «mejores» que los seres humanos, pero ahora se daba cuenta de que el corazón de un chimpancé también esconde oscuros secretos.

lunes, 19 de enero de 2009

El estúpido aburrido

Una de las causas de las atrocidades y la barbarie en la historia es el aburrimiento. Cuando las cosas marchan más o menos bien, lo humanos nos aburrimos y entonces empezamos a meternos con lo vecinos o nos inventamos amenazas sobrenaturales para paliar las emociones que nos faltan. Hasta los poetas lo señalan, Homero asegura que hacen falta expediciones de castigo como la de Troya para que los bardos tengan algo que cantar y Tolstoi advierte al principio de Ana Karenina que "la familias felices no tienen historia", Con razón comenta Nietzsche que más que felices, los seres humanos lo que quieren es estar ocupados.

Elogio de la estupidez de Erasmo de Rotterdam

Pero cada vez debemos dar más importancia en la influencia sobre las desventuras históricas a la estupidez. Ya lo dijo hace tiempo Anatole France, el estúpido es peor que el malo, porque el malo no lo es todo el tiempo y el estúpido sí. Aún peor, la pasión del estúpido es intervenir, reparar, ayudar a quien no pide ayuda... Cuanto menos logra arreglar su vida, más empeño pone en reparar la de los demás.

Es importante hacerse chequeos periódicos a sí mismo para descubrir si estamos incubando el virus de la estupidez. Los síntomas más frecuentes son: el espíritu de seriedad, el sentirse imbuidos por una alta misión, la impaciencia ante la realidad, cuyas deficiencias son vistas como ofensas personales o parte de una conspiración contra nosotros o el dar más validez a la opinión por el cargo o el nombre que por el sentido común, entre otros.

El último test es ver si podemos contestar a quién nos inquiera sobre qué hemos hecho frente a los terribles males del mundo con la modestia de Albert Camus "Para empezar, no agravarlos ..."

jueves, 15 de enero de 2009

El trabajo honrado


Un europeo del año 1800 vivía como a principios de la era cristiana, no viajaba, si tenía prisa montaba en mulo, si iba en barco dependía del viento y del mar, si labraba miraba con congojo al cielo, las noches eran eternas, así como el invierno, tenía hijos sin límite y así sucesivamente.

Por el contrario, la distancia entre un europeo de 1800 y otro de 1900 es abismal. Entre 1814 y la primera guerra mundial, los europeos cambiamos de planeta.

La mayor diferencia radica en la concepción del trabajo honrado. Para una persona educada y de la buena sociedad del Antiguo Régimen, lo principal y más hermoso, la actividad digna, moralmente excelente, el trabajo fructífero, es la guerra. Los caballeros tenían como principal función en este mundo poner en juego su vida para proteger a los suyos y para divertirse. Fuera o no fuera verdad. La verdad es una entelequia.




¡Qué bello es empuñar los escudos de tintes rojos y azules, los estandartes, los gonfalones multicolores. Alzar ricas tiendas, reales y pabellones. Romper lanzas, perforar escudos, hender yelmos bruñidos, dar y recibir golpes...”.

Es la alegría de Bertran de Born cuando comienzan las campañas de primavera y verano. Ya terminó el insoportable invierno, el encierro entre piedras húmedas, ya no habrá que soportar las habladurías de la servidumbre, sus peleas, sus líos de alcoba, por fin rompe uno las cadenas de la quejumbrosa familia. En cuanto el sol comienza a calentar, empieza el gran juego: vivir, matar y morir.

Y me llena de alegría ver la campiña cubierta por caballos y caballeros armados, en orden de combate”.

Muchos ciudadanos actuales se espantan cuando leen cosas de este calibre. No les caben en la cabeza. Es su modo de sentirse superiores a los abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, en fin, moralmente por encima de todo el género humano muerto. Hipocresía. Nunca se ha asesinado tanto como en los tiempos modernos.

La guerra era la vida normal de las gentes hasta la Revolución Francesa y el triunfo del poder burgués. Todavía en 1760 el príncipe De Ligne escribía estas curiosas palabras:

La vida que llevaba en mi querida residencia de Beloeil era razonablemente dichosa, aunque las guerras, los viajes y otros placeres me impidieran residir allí tanto como yo deseara”.

De Ligne afirma que no entendía por qué se detestaba tanto la calamidad de la guerra entre todas bella. El príncipe De Ligne poseía entrañas guerreras, pertenecía al linaje de aquéllos que acatan la sentencia de Palacios Rubios en su Tratado del esfuerzo bélico heroico: «Más vale clara muerte que oscura vida». O las palabras de fray Antonio de Guevara: «Porque es ley entre ellos muy usada, de antes de morir libres, que no vivir cautivos». Para terminar, a finales del siglo XII ya escribía el citado Bertrand de Born: «Mieux vaut mort que vivant vaincu».

Por eso es normal que a finales de la Edad Media -Burckhardt fue uno de los primeros en observarlo- se produjo en Europa un peculiar estado de tristeza o melancolía, ante la aparente destrucción del heroísmo caballeresco. La aparición de las nuevas armas mecánicas, que actuaban a distancia, dejaba en nada el esfuerzo bélico de los caballeros. En España, un erudito de mucha curiosidad intelectual, al que gustaba adentrarse en los temas más modernos, al que nombramos arriba, el doctor Palacios Rubios, escribió el Tratado del esfuerzo bélico heroico en el que se lamenta de las limitaciones que a tal esfuerzo ponían las máquinas de matar, movidas a distancia por una u otra fuerza, particularmente la de la pólvora.

En el Discurso sobre las armas y las letras, Miguel de Cervantes hace, un siglo después, Don Quijote despotrica con entusiasmo contra las nuevas armas de fuego. Oigamos las palabras de Don Quijote: "Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de apuestos endemoniados instrumentos de artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero".


domingo, 11 de enero de 2009

Las felaciones en Egipto



Set sostiene una deidad y una sacerdotisa le hace una felación.

A finales del siglo XIX, Sigmund Freud, diferenció tres etapas en los orígenes de la sexualidad humana: la oral, la anal y la genital. Desde que nacemos, el primer placer nos llega a través de la boca cuando mamamos del seno materno, una sensación de bienestar que queda almacenada en la memoria y que tratamos de reproducir posteriormente a través de los besos, que también pueden efectuarse en la zona genital.

Desmond Morris, explica en su libro El mono desnudo cómo el hombre primitivo utilizaba la boca para dar y obtener placer con su pareja. Al parecer, en los primeros contactos, los besos se repartían principalmente entre el cuello y los lóbulos de las orejas y, posteriormente, en los genitales. El macho se dedicaba a lamer el clítoris de la hembra -cunnilingus (del latín cunnus, vulva y lingere, lamer)- y ella a chupar el pene de su compañero -felación (de fellare, chupar)-.

En contra del tópico y mal que le pese desde el cielo a Terenci, la iconografía erótica del antiguo Egipto representa muy escasas felaciones y abundantes cópulas a tergo que aparece especialmente representada en los ostracas (fragmentos de piedra caliza con bocetos informales dibujados) A tergo es decir, por detrás pero por vía vaginal. Hay pocas representaciones de la cópula humana en la iconografía egipcia y la que aparece con más frecuencia es esa posición con el hombre penetrando a la mujer así. Eso ha llevado a suponer que se trataba de una práctica habitual, quizá la forma característica de hacerlo en el antiguo Egipto.

Pero el caso es que en el análisis de la conducta sexual de 190 culturas humanas de Beach y Ford (Conducta Sexual humana, 1955), no aparecía ninguna en la que fuera preponderante la cópula a tergo. ¿Por qué iba a ser una posición canónica entonces en el Egipto faraónico? Es posible que esas representaciones no plasman en realidad cópulas a tergo sino en su mayoría sexo anal. Se puede considerar que se trataría de demostraciones de poder sobre el partenaire (la sodomización lo era en el Egipto faraónico; pasividad = debilidad) y que los protagonistas serían ambos masculinos en una proporción mayor de lo que parece.


Entonces, si los egipcios no lo hacían mayoritariamente a tergo, ¿cómo lo hacían?. Es significativo lo poco que aparece el acto sexual en general en el mundo egipcio, antes de la época grecorromana. Existe una relativamente abundante iconografía en lo referente al acto sexual entre divinidades pero poquísima en el ámbito humano, poco más de una treintena de cópulas en total. Ciertamente, los egipcios contaban en su panteón con el dios Min, en perpetua erección; Hathor que podía ser bastante desinhibida, y Geb y Nut y Osiris e Isis (cada pareja por su lado) lo hacen de manera recurrente en imágenes por todo Egipto. Pero se trataba de cópulas sagradas.


En cambio, del ámbito privado, cotidiano hay muy poca cosa, los ostracas, algún grafito como el de Uadi Hammamat. Y el excepcional papiro erótico de Turín, de época ramésida, en el que aparecen dibujadas una serie de encuentros sexuales muy explícitos entre hombres mayores con grandes penes y mujeres jóvenes en lo que se ha interpretado a menudo como escenas de un burdel. En el papiro hay nueve escenas de cópulas, tres a tergo. Los rasgos de hombres y sus desmesurados miembros y las posturas acrobáticas de las mujeres sugieren que estamos ante una pieza satírica, pero la verdad es que no se sabe el propósito del papiro, que es un ejemplar único. El papiro de Turín podría recoger el recuerdo de un personaje de sus vivencias en un lupanar, encargado por él para su solaz personal.


Aparte de la cópula a tergo, está acreditada en Egipto la posición del misionero, pero sólo se han encontardo un par de escenas. También existe alguna representación de lo que parece sexo en pie. En los textos asoman algo de fetichismo, algunas alusiones a pedofilia, chaperismo y zoofilia. Nada que se pueda comparar a la proliferación de escenas sexuales en Grecia o Roma (piénsese en Pompeya). La felación no está muy documentada -si exceptuamos el contexto sagrado y que algún dios incluso se la hacía a sí mismo-, mal que le pudiera pesar como decíamos al querido Terenci.


¿Eran un pueblo pacato los egipcios? Eran explícitos en textos sagrados pero no, en general, en los profanos. Si no existiera alguna especie de tabú, la cópula aparecería representada gráficamente de manera más abundante y oficial. Por ejemplo, en el contexto funerario. La fama de descocados de los egipcios les viene de las fuentes clásicas grecolatinas que imaginaron Oriente como lugar de lujo y lujuria. La propaganda romana contra Cleopatra, tachándola de libertina, también puso su grano de arena. Los egipcios iban poco vestidos por el calor y el desnudo es habitual en la representación de los trabajadores. Eso puede resultar erótico para nosotros pero seguramente no lo era para ellos. Sucede lo mismo con las transparencias de los vestidos. Quizá la marcada sexualización de las mujeres tenía algún significado relacionado con la fertilidad más que con el erotismo. Todo ello no quiere decir que para los egipcios el sexo tuviera connotaciones pecaminosas en el sentido judeocristiano. El acto sexual con penetración no presentaba, según explica Lynn Meskell en La vida privada en Egipto (2002) connotación ninguna, ni positiva ni negativa. Se lo denominaba simplemente nk.


martes, 6 de enero de 2009

Los estragos del vicio alcanzan a la virtud

El Veronés, Joven entre la virtud y el vicio




No nacemos virtuosos, llegamos a serlo. ¿Cómo?- Por la educación, por la urbanidad, por la moral, por el amor. La urbanidad es una apariencia de moral, actuar educadamente es actuar como si fuésemos virtuosos, decía Kant en la "Crítica de la razón práctica".

Virtud -lo mismo que areté», su antecesora griega- significa la energía que hace posible la excelencia. La virtud del corredor es la velocidad, y la del pintor, la destreza con el pincel, y las virtudes del hombre, aquellos hábitos que le conducen a la felicidad y a la grandeza.El inglés mantiene aún el eco de fuerza de esas palabras, y las traduce por strenghts, fortalezas.

Las virtudes son el lugar donde la psicología y la ética se encuentran. Convierten los valores en rasgos de la personalidad. Los clásicos hablaron de cuatro virtudes básicas: la prudencia, la justicia, el coraje y la templanza.

Decía Savater que la próxima vez se me encuentre con el diablo parafraseará al Fausto de Goethe: ¿Se dará cuenta de que todo lo que hace usted por romper y destruir el orden, en el fondo lo refuerza? En definitiva todo lo que está haciendo es para bien, no para mal. Usted está trabajando como un empleado. Se rebeló contra su jefe, pero sigue siendo el empleado de siempre.

Así ahora en vez de buscar la virtud, se transforman los vicios en virtudes. Y así la soberbia queda como autoestima, la envidia como justicia, la ira como intolerancia ante los males del mundo. El Diablo es un extraordinario director de márketing que ha logrado vender cada vicio como una virtud.

sábado, 3 de enero de 2009

No estaba solo, ni mucho menos

Archivo:Krakow Ghetto 06694.jpg

El Gueto de Cracovia, 1943

Hitler no estuvo solo. La matanza de seis millones de judíos por parte del régimen nazi fue posible por la extensión en la sociedad alemana de un pensamiento antisemita previo a la llegada de Hitler al poder. Sin la colaboración de cientos de miles de ciudadanos alemanes, el Holocausto no se habría producido; aunque también es cierto que necesitó de la presencia del siniestro personaje que dirigió los destinos de Alemania desde 1933.

La idea de que la masacre fue ejecutada por una minoría fanática, subyugada por Hitler y la tesis de que los alemanes actuaron bajo el miedo o la coacción a la hora de atentar contra los 550.000 judíos que vivían en Alemania en 1933, se pueden descartar.

La tradición antisemita estaba ya profundamente viva en la sociedad alemana de los siglos XVIII y XIX, en los que se habla del Judenfrage (el problema judío), como una cuestión clave para el futuro de la nación. Una amplia corriente intelectual consideraba que sin la expulsión o la eliminación de los judíos la nación germánica no podría prosperar. Lo judío era asimilado a lo ajeno, lo oscuro, lo sucio, lo corrompido. No hay más que acudir al tratamiento de la figura del judío en las óperas de Wagner o a las reflexiones de Nietzsche sobre la moral de los débiles.

En este caldo de cultivo intelectual, germina la noción del Volk, el pueblo, que pasa de unas connotaciones románticas en la obra de Hölderlin, o en Hegel, a adquirir el carácter diferenciador de raza. Volk es lo germánico frente a lo bárbaro, lo nuestro frente a lo otro, lo puro y ario frente a lo extraño.

Esta ideología impregna a toda la sociedad alemana en los duros años 20 de la República de Weimar, una época marcada por la inflación, el paro y la inseguridad. La fundación del Partido Nacional Socialista asume el dogma del antisemitismo y lo lleva a las últimas consecuencias: Adolf Hitler escribe en la cárcel, tras el fallido putsch de Múnich de 1923, sobre el peligro judío y sostiene ya la necesidad de eliminar físicamente a esta minoría de la sociedad alemana, que no representaba ni el 1% de la población en aquellos años.

La llegada al poder de los nazis tras ganar las elecciones de 1933 trajo como consecuencia una virulenta campaña de propaganda e intimidación.

Pero es, a partir de finales de 1941, cuando comienza el gran exterminio de judíos, cuyo brazo ejecutor son las SS comandadas por Himmler y Heydrich. Más de tres millones de judíos -tal vez cuatro- son asesinados en los más de 600 campos de la muerte existentes en Alemania, Polonia y Ucrania.

Tras las tropas rusas que invaden Rusia, van detrás los Einsatzgruppen de las SS, cuya función es aniquilar cualquier vestigio de oposición o judaísmo en la población ocupada. Cientos de miles de personas son ejecutadas en Ucrania y Rusia en el verano de 1941, en una orgía de sangre y venganza.

¿Conocía el pueblo alemán estas brutalidades? No sólo estaban enterados los miembros de las SS o del Ejército, que eran testigos directos, sino los guardianes, los que transportaban a los detenidos a los campos, la maquinaria burocrática y, en suma, millones de ciudadanos que veían las deportaciones y las desapariciones de familias enteras judías.

La distancia media de los campos de internamiento en Alemania se puede calcular en 80 kilómetros. Existían en todas las ciudades medianas y grandes, por lo que es imposible que la gente permaneciera ignorante del destino de los que allí eran conducidos, que nunca volvían a sus hogares.

Seguramente tan injusto es presentar el Holocausto como el resultado de la acción de un grupo de fanáticos, como generalizar la culpa a toda la sociedad alemana. Hitler nunca omitió en sus discursos las referencias a la eliminación de los judíos. Estos fueron perseguidos en público, saqueados y marcados con la estrella de David. Fueron llevados a campos de exterminio y masacrados. Y millones de alemanes miraron para otro sitio. Ellos son quienes mejor pueden responder por qué fue posible esta orgía de sangre y destrucción. En las memorias del intelectual judío alemán Víctor Kempeler que permaneció en su país durante los fatídicos años, se ven también muestras de solidaridad, apoyo y comprensión por parte de muchos alemanes.

El Holocausto es el sumatorio de una iniciativa individual y personal, más otra, más otra, más otra hasta cumplir el atroz número de los individuos, de los hombres y mujeres que de un modo absolutamente voluntario y entusiasta perpetraron el mayor asesinato colectivo que recuerda la historia. Los perpetradores fueron un grupo numeroso (no menos de 100.000 y quizá hasta 500.000); que la mayor parte no pertenecían a las SS ni siquiera al partido nazi, sino que procedían de todos los ámbitos sociales, religiosos, culturales y regionales de Alemania (en conjunto, trazan un perfil bastante completo de la sociedad alemana; gente corriente); y no hay evidencias de que un solo alemán fuera represaliado por negarse a asesinar.

No estaban obligados a matar, y sus superiores les recordaban sinceramente esa libertad de elección que tenían. Pero la mayoría de los que lo hicieron aceptó con gusto la tarea de matar judíos.

Por qué razón un número tan alto de personas escogió matar a los judíos. No podemos asumir que el mecanismo se puso en marcha a una orden de Hitler. La enorme crueldad y brutalidad de los asesinos no obedecía a órdenes superiores, era algo voluntario. A través de los testimonios de víctimas y asesinos, se concluye que esos asesinos voluntarios pensaban que lo que hacían estaba bien. Como dijo uno de ellos, no veían al judío como un ser humano.

El carácter voluntario de la colaboración de los ciudadanos alemanes en el Holocausto se pone de manifiesto en que, durante el nazismo, no faltaron las protestas contra distintos aspectos de la política del Gobierno, pero apenas las hubo contra la persecución a los judíos.

En 1943 fueron arrestados unos judíos casados con ciudadanas alemanas. Sus mujeres organizaron espontáneamente una marcha a la prisión en que estaban encerrados. ¿Qué hizo el régimen, disparó a estas mujeres, las detuvo, las envió a un campo de concentración? Nada de eso; soltó a sus maridos, los cuales sobrevivieron.Es el único caso de protesta conjunta. Si los alemanes hubieran considerado a los judíos como ciudadanos, como iguales, como hermanos, no se habría llegado a lo que se llegó.

Una noche, a mediados de noviembre de 1942, en la Polonia ocupada por el Tercer Reich, el Batallón policial 101, compuesto por alemanes voluntarios de más que mediana edad, y dedicado a la tarea de apalear y asesinar judíos, recibió a uno de los llamados grupos «proveedores de bienestar» para entretener su descanso.

Estos grupos «proveedores de bienestar» amenizaban el ocio de las tropas con música y conferencias. Es decir, estaban integrados por profesionales de la música y de la palabra, esas dos instituciones sagradas del espíritu y la cultura de Occidente y sin las que es imposible entender el humanismo contemporáneo.

Interpretaban a Beethoven y a Schubert y hablaban de lo divino y de lo humano. Eran artistas. Pues bien, según estaban dedicados a su arte para deleite de los hombres del Batallón policial 101, éstos supieron que al día siguiente irían a matar judíos a Lukov. Cuando los artistas se enteraron de tan siniestra inminencia reaccionaron como un solo hombre: todos, sin faltar uno, rogaron del modo más vehemente que les permitieran participar en la matanza. No dudaron un instante ni vacilaron lo más mínimo en abrazar una tarea que nadie les había exigido y que nadie esperaba de ellos. Al día siguiente, aquellos artistas constituyeron la mayoría del grupo ejecutor.

Por ejemplo, en la marcha de la muerte desarrollada entre Helmbrecht y Prachatrice, las unidades de vigilancia recibieron órdenes expresas de no seguir matando judíos, dado que Himmler estaba ya negociando con los altos mandos del ejército americano. Las órdenes de Himmler no se cumplieron.

Si alguno hubiera dicho que no estaba dispuesto a matar -por motivos morales, estéticos o meramente fisiológicos-, nadie le habría obligado a ello. Y, sin embargo, mataron. Caminaban hacia un bosque con su víctima al lado. Y cuando llegaban al bosque la mataban cara a cara, sin dejar de hablar con ella y a una distancia en que lo habitual era que los sesos y las esquirlas de huesos se adhirieran a la ropa del verdugo.

Eran voluntarios que asesinaban de un modo no sólo vocacional. Semejantes verdugos nunca se manifestaban de una manera fríamente distante con respecto a su víctima, como habría hecho un verdugo profesional o el helado funcionario al servicio meramente técnico de una tarea asignada.

El verdugo de los batallones policiales, de los campos de trabajo y de las marchas de la muerte añadía a sus estrictas cualidades de verdugo el calor y la cercanía del entusiasmo derivado de su plena y profunda convicción.

En estas unidades, sus miembros no tenían ningún adiestramiento ideológico especial, como tampoco antecedentes militares, que a menudo eran mayores, alrededor de 35 años por término medio, y padres de familia, no los manejables muchachos de dieciocho años que tanto les gusta a los ejércitos moldear. Además, esas unidades acababan interviniendo en las operaciones de matanza no intencionadamente sino por azar. Al enviar aquellos hombres a matar, el régimen procedía como si cualquier alemán estuviese en condiciones de ser un verdugo de masas.

En cuanto a los campos de trabajo, planteados como la extracción al judío -entre otros- de una contribución al esfuerzo de la guerra, esa extracción nunca se intentó con afán de rentabilidad laboral o económica alguna. El propósito de los campos de trabajo era el de extinguir la vida judía de una manera ejemplar, con la mayor cantidad de sufrimiento posible previa al tiro en la nuca.

En el gueto de Varsovia, por ejemplo, el trabajador forzado polaco tenía asignadas 634 calorías diarias, mientras el judío unicamente consumía trescientas (el soldado alemán gozaba de 2.310 calorías).

El forzado judío arrastraba piedras por el campo o limpiaba el suelo con un cepillo de mano, èse era el trabajo al que se obligaba al forzado judío en un momento en el que las necesidades económicas alemanas eran realmente extraordinarias. En Buchenwald, el trabajo de los judíos consistía en transportar sacos de sal mojada de un lugar a otro. Heydrich había anunciado en enero de 1942 que «los judíos serán reclutados para trabajar... e indudablemente gran número de ellos serán eliminados por el desgaste natural».

En conclusión, cuando el Partido Nazi elevó a categoria política la fantasía cultural del genocidio universal de una raza, era plenamente consciente de que contaba para ello con una masa social dispuesta a semejante aberración. Era la conclusión de una secuencia histórica en la que la agresión al judío representaba un ingrediente natural. Entre 1861 y 1895 se publicaron en Alemania cincuenta escritos de los que 28 pedían una solución a la «cuestión judía», y 19 de éstos exigían «el exterminio físico de los judíos».

Thomas Mann, por ejemplo, no fue ajeno a tan intensa sedimentación antisionista: «Después de todo -afirmó el autor de La montaña mágica- no es una desgracia que se haya puesto fin a la presencia judía en la judicatura».

Al día siguiente de la Noche de los Cristales, un mitin antisionista en Múnich reunió a más de cien mil personas entre las que no abundaban los uniformes, precisamente. «Innumerables enfermedades -dijo Hitler- tienen por causa un solo bacilo: ¡los judíos!».

Acabar con esa peste fue una causa abrazada por gente que leía a Holderlin y se emocionaba con Haydn y mecía a sus hijos en las cunas y cuidaba de que los animales domésticos no padecieran infecciones. Gente que acudía con regularidad a las liturgias de su fe. Gente para la que el exterminio de los judíos -con o sin nazis- era una empresa que causaría tanto alivio como la extinción de todo y cualquier parásito sobre la faz de la tierra.

Estas personas no eran ciudadanos indocumentados y confusos. Tenían un sistema de valores y unos nítidos conceptos del bien y del mal. Cuando mataban a judíos, se retrataban junto a la pila o la fosa de sus víctimas, fechaban la foto, la firmaban y la enviaban a parientes y amigos. Así acreditaban que habían cumplido su deber.

Gente que podría pasar tan desapercibida como tu o como yo, sin ir más lejos.

Basado en las investigaciones de los profesores Daniel Goldhagen y Robert Gellately.

jueves, 1 de enero de 2009

Escena familiar

Vamos a dejar las trascendencias y voy a poner algo cotidiano, aquí con unos familiares a principios de este verano, disfrutando y bromeando en la montaña. Me dejé bigote y el bastón no es por cojera, sino para ayudarme en la subida hasta la casa, a pie.

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Como pueden suponer era una broma, el film es de la colección privada de Eva Braun, verano de 1939, grabado en la casa Berghof, cerca de Berchtesgaden. Las voces son originales, Hitler, Goebbels, Speer, Eva y Gretl Braun, Bruckner (guardaespaldas de Eva). Berghof, conocida como El nido del águila, era la casa en las montañas desde la cual el dictador comandó a su ejercito en gran parte de la Segunda Guerra Mundial.

La casa originalmente era un lugar de vacaciones construido por un hombre de negocios al que luego de fallecer, su viuda se la alquilaría al Hitler, allá por el año 1928. Luego en 1933 el dictador se la compraría con los fondos obtenidos de la venta de su famoso libro Mein Kampf. La casa estaba construida en la ladera de la montaña Kehlsteinhaus. Por eso van arropaditos a pesar del verano, es la sierra.