jueves, 12 de febrero de 2009

Casanova In fine

Comienzo declarando al lector que, en todo cuanto he hecho en el curso de mi vida, bueno o malo, estoy seguro de haber merecido elogios y censuras, y que, por tanto, debo creerme libre. Así comienzan las Memorias. Casanova realmente existió. Y viene a cuento porque el 50% de los italianos reconocen en una encuesta que el personaje veneciano es de ficción.

Hay quien se ha dedicado a ir anotando los amoríos de sus páginas, unos dicen que ciento veinticinco, otros que ciento dieciséis. Y si le creemos, a todas las hizo felices, y de ninguna de ellas hizo una histérica, lo que tiene mucho mérito; su sentido común se lo prohibía.

Casanova fue un inconstante, un cínico, un vividor. Engañó a las mujeres y se dejó engañar por ellas como una fatalidad inevitable o una ley de vida con la que no se puede enemistarse. “Por lo que toca a las mujeres, se trata de engaños recíprocos que no entran en la cuenta, porque cuando el amor se mete por medio, es cosa común que los unos se engañen a los otros”, nos dice en el prefacio de sus memorias.

Según él mismo no hizo otra cosa en toda su vida que dejarse llevar por el viento que soplaba. Esta independencia le acarreó éxitos y fracasos y es ahí donde radica la libertad del personaje. Su vida fue todo peripecia.

Relatemos, por ejemplo que gustaba de las ostras y abusaba de ellas, que se inventó la lotería nacional de Francia, que por una famosa estafa en 1755 dio con sus huesos en la temible prisión de los Plomos, condenado por los tribunales de la inquisición veneciana, siendo el primero y probablemente único en escapar de aquellas mazmorras, que a sus amantes les introducía en la vagina una canica de oro de 60 gramos para evitar que quedaran embarazadas, que en España conoció la cárcel y que por poco hace valer ante el rey Carlos III un proyecto suyo para repoblar Sierra Morena con católicos colonos suizos, que fue amigo de Voltaire con quien departía filosóficamente y de Mozart, a quien recomendaba viajar para no ser un pobre hombre, que elaboró alguno de sus libretos, que a pesar de su espíritu pacífico se batió en duelo y mató en Polonia al conde Branicki, o que varios años después de su aventura en los Plomos tuvo el ingenio y el cinismo de ser Angelo Pratolini, autor de unas denuncias y confidencias a los tribunales de la Inquisición de la Serenísima República de Venecia, donde elogiaba la buena vida que hacían los presos en aquella prisión de “habitaciones ventiladas”.

Giácomo Casanova fue un vitalista estoico y un epicúreo. Las contradicciones le vienen bien a su retrato. Su vida fue una impostura. No escatimó medios para estafar a los poderosos y a los necios, a los ricos y a los ambiciosos. En algún lugar de sus memorias nos lo confiesa : “he vaciado el bolsillo de mis amigos para atender a mis caprichos, porque estos amigos tenían proyectos quiméricos y, al hacerles confiar en el éxito, esperaba curarles de ellos desengañándolos. Yo les engañaba para volverlos prudentes, y no me creía culpable, porque nunca actuaba por avaricia. Empleaba en pagar mis placeres las sumas destinadas a conseguir posesiones que la naturaleza hace imposibles. Me sentiría culpable si hoy fuera rico; pero no tengo nada, todo lo he tirado, y esto me consuela y me justifica. Era dinero destinado a locuras: no he cambiado, pues, su destino al utilizarlo para las mías”. He aquí una lección de vida práctica, de saber vivir y saber estar.

Su peripecia recorre toda Europa, estuvo en todas las cortes, se codeó con los enciclopedistas, se hizo adorar por mujeres de toda condición, desde la noble condesa que lo requería en su habitación tras una partida de naipes a una prostituta de los bajos fondos londineses. Fue un amante tumultuoso; en Turquía y Corfú vivió una vida digna de Las mil y una noches, fue secretario del cardenal Acquaviva, religioso y militar, un gamberro en Venecia y un caballero en París, practicó la cábala, divagó filosóficamente, fue un pésimo violinista, empresario textil, regentó un casino, desenmascaró al conde de Saint-Germain, gran impostor, tuvo varios hijos naturales y amistad con dos Papas, se dejó amar y amo, fue la bestia negra de los maridos despechados y amante de Madame Pompadour.

Imagen de Casanova de Fellini

Federico Fellini, involucrado en el rodaje de Casanova, improvisó una sesión de espiritismo para convocar el alma del polifacético personaje veneciano. Signor Giacomo le explicó que desconocía en que consistía el trabajo de director de cine y le dio un consejo decisivo para la correcta administración de las actividades amatorias: «Jamás hay que hacerlo después de comer; nunca hay que hacerlo de pie».

Pasó sus últimos días en la biblioteca del conde Waldstein, en un castillo del Dux, en la perdida Bohemia, donde escribió sus prodigiosas Memorias de 12 tomos y eso que no le dio tiempo a relatar casi un tercio.

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Algunos consejos prácticos

Giacomo recomendaba:

1. eludir a las mujeres tristes y deprimidas.
2.mostrar un talante abierto y tolerante. 3. iniciar la estrategia de la seducción con una comida exquisita.
4. prevenía contra «los peligros de Baco».
5, «si amas a una mujer, nunca debes pagarla»- 6. las cosas más gratificantes para los hombres son la comida y la procreación.
7. advertía de que las mujeres italianas fingen demasiado bien el amor, así que cualquier relación estable debía concretarse con las «frías alemanas».
8. aconsejaba al amante lavarse antes de hacer el amor, «porque los malos olores son enemigos de la excitación».
9. para hacer capitular a una mujer reticente, de nada vale mostrarle la excitación que ha provocado.
10. por último decía que «para que una mujer te ame después de haberla abandonado, cédesela a otro, fingiendo sacrificarte».